Welcome, Buenos Aires

Llegada a Ezeiza tras 12 horas de avión y tengo los tobillos como patatas. No son los de Maradona (min. 1:21), pero llevan 23.357 kilómetros de avión en los últimos 20 días y creo que están pidiendo un respiro.

Buenos Aires, por fin. El sol lo ilumina todo, a pesar del invierno. Atrás queda el frío de julio que mereció algún breve en los telediarios de España. La entrada por carretera a Buenos Aires me indica que mi percepción del espacio tiene que cambiar. La edificación atolondrada y amorfa de los inmensos barrios de la periferia y las decenas de carriles que conectan la urbe con el resto de la provincia y el país son sólo un indicio de que aquí las distancias son un mundo distinto. La prueba definitiva llega cuando hojeo las 192 páginas de la guía de colectivos de la provincia.

Los árboles escuálidos que bordean la autopista de camino a la ciudad tienen su encanto esta mañana, pero la Buenos Aires mil veces imaginada, leída y cantada se vuelve más prosaica cuando uno viaja al centro en autobús. Todo parece reducirse al tráfico, los peajes y los pitidos. Es cierto que observado desde la ventanilla, sin el volante entre las manos, puede resultar hasta pintoresco, los gritos entre conductores, los limpiavidrios, los malos gestos o la ronda de piropos a las minitas que cruzan la calle, pero enfrentarse a esto cada mañana debe de ser otra cosa.

El departamento está en Santa Fe, esquina con Cerrito, junto a la Avenida 9 de julio: una avenida monumental de 16 carriles que atraviesa la ciudad de punta a punta. En las horas de más tráfico cruzarla puede llevar algunos minutos y exige cierta valentía. Al llegar al otro lado, la vida recobra todo el valor que fue perdiendo mientras tratabas de esquivar los coches, las motos, las bicicletas, los autobuses, los taxis y, cierto, el patinete del tipo del otro día. Me pregunto qué se le pasa por la cabeza a alguien cuando decide circular en monopatín y con los auriculares a pleno pulmón por el carril central de la avenida más grande de Buenos Aires. Es cierto que el mundo está loco, como le oí decir el otro día a un hombre que tomaba café en la cafetería donde desayunaba. Aunque él se refería al Mundial de Fútbol que recién ganó España: “Cómo está el mundo para que los galleguitos ganen el Mundial. ¡Qué desastre, ché!”.

La Avenida de Mayo atraviesa la 9 de julio y es parada casi obligatoria en la mayoría de los recorridos turísticos. A un lado, la célebre plaza de Mayo, adonde -según la mujer sentada a mi lado- ya sólo vienen extranjeros. Las flores están hechas una mierda, le comenta a su marido, mientras éste lleva a su nieta a comer maicitos. En una de las esquinas se reúnen desde 1977 las Madres de la plaza de Mayo en recuerdo de los hijos y familiares desaparecidos durante la dictadura: “La sangre derramada jamás será negociada”; “Basta de falsos excombatientes. Limpien el padrón”; “Memoria, Justicia, Sin olvido” son algunos de los carteles que cuelgan. Éste sigue siendo un asunto polémico, que llevó en 1986 a la división del grupo en dos facciones. Lo poco que he podido escuchar y conocer de boca de otros argentinos sugiere que mucho de lo relacionado con el grupo continúa generando controversia. Al frente, la Casa Rosada, con su peculiar tono coralino que dejó la sangre de buey con la que fue pintada (Lonely Planet ©), se ha convertido en el decorado perfecto para el posado de los turistas.

Junto a la plaza se encuentra el cabildo de la ciudad, cuyas paredes blancas están repletas de pintadas contra el actual alcalde, Mauricio Macri: “Fuera Macri y la complicidad de los K”, que si no me equivoco alude al sector político conocido como Recuperación y Reconstrucción Radical para la Concertación. El 23 de agosto Macri comparecía en la legislatura porteña por el caso de las escuchas ilegales. El ex-presidente de Boca Juniors convertido hoy en alcalde suscita todo tipo de opiniones entre los bonaerenses. Ayer vi en el escaparate de una librería una obra sobre su historia personal; el pibe, le llaman. Comprendí entonces las palabras de aquel hombre del bar cuando dijo con cierta solemnidad y una medialuna entre las manos: “A mí, sinceramente, me gustá más Boca que la política”. Y Boca perdió al día siguiente en la cancha de All Boys.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s