Herr: cronista del infierno

Despachos de guerra - Michael HerrDesde que Clausewitz escribiera su clásico De la guerra las cosas han cambiado mucho. Vietnam simbolizó ese cambio por muchas razones. Tras la fachada del patriotismo y los grandes ejércitos se escondía la Nada. Vietnam fue la primera guerra televisada y probablemente el conflicto que más cobertura periodística recibió hasta la guerra del Golfo. No es casual, pues, que Despachos de guerra fuera escrita por un periodista.

Michael Herr (Syracuse, Nueva York, 1940) fue corresponsal de la revista Esquire durante el conflicto que supuso el primer gran fracaso bélico de Estados Unidos. Existe una ingente bibliografía sobre aquel fracaso, pero ningún libro supo contarlo como éste. Galardonado con el Premio Internacional de la Prensa en 1978, Despachos de guerra combina el diario personal, la crónica periodística y el reportaje. No es el Nuevo Periodismo lo que recorre estas páginas, sino el hedor que emana de toda guerra relatado de forma magistral. Porque la fuente de la que bebe Herr tiene el sabor de los calmantes, el color de las noches de insomnio, las palabras desquiciadas de soldados lunáticos, el olor nauseabundo de los cadáveres flotando en fango. Como escribiera The New York Times a propósito del libro, sus materiales son el miedo, la muerte, la alucinación y las almas ardiendo.

El autor presenta la narración con fragmentos dispersos y sin un orden cronológico lineal, como bocanadas de aire que contaran el teatro de la guerra, La Vida Loca, según la define el propio Herr en las primeras páginas. El libro empieza con un capítulo titulado con mucha intención Inspiración y termina con un último pasaje: Expirando. Y entre ese intervalo de tiempo, la guerra. Esas dos puertas encuadran el estilo de la obra -veloz, entrecortado, terapéutico- y muestran también su carácter autobiográfico. Michael Herr narra como observador (asiste a las ruedas de prensa, analiza desde la retaguardia), pero también participa desdibujando los límites del narrador hasta confundirse con los personajes que describe: «(…) pues era un buen matador, uno de los mejores que teníamos», escribirá en algún momento. Ese teníamos es la flagrante constatación de que la guerra es una contradicción que enfrenta a hombres contra hombres y obliga a tomar partido.

Esa espiral de odio y violencia dejó secuelas en muchos soldados, también en Herr. Cuenta el caso de un lurp de la División IV que tomaba pastillas a puñados y que le reconoció que ya no conseguía acostumbrarse al Mundo. La última vez que volvió a casa de sus padres, quemaba los días sentado en su habitación; a veces sacaba un rifle de caza por la ventana y apuntaba con él a la gente y a los coches que pasaban por delante. Por momentos se diría que el autor escribe colocado (no descartamos que así fuera), pero es sólo la manera que aquella guerra espectral pedía ser contada. El valor de esta obra radica en su manera de presentar una realidad tan proclive a discursos moralizantes. A diferencia de la ficción, donde la narración exige que todos los interrogantes sean contestados y funcionen según una lógica interna que el autor ha de hacernos creíble, este libro se mantiene solo. Los recursos estilísticos o novelescos que el autor se permite no desvirtúan el armazón.

Por todo ello, esta obra cumple una función social válida. Sigue siendo un perfecto antídoto y, aunque éste no sea necesariamente el propósito de la literatura, ya dejó escrito Norman Mailer que si publicar un libro -en su caso, American Psycho– sirve para evitar más crímenes de los que provoca es un factor evidente a tener en cuenta. My Lai es desde entonces un símbolo de la atrocidad humana. El TIME lo explicó muy bien: «Michael Herr se atrevió a viajar hasta aquel lugar irracional y volver con la peor noticia imaginable: la guerra prospera porque aún hay suficientes hombres que la aman».

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