El hombre que quiso ser personaje

El chico que conquistó HollywoodLa primera y principal duda que plantea The Kid Stays in the Picture (en España, El chico que conquistó Hollywood) es si la intención de los autores fue crear un documental con las técnicas propias del largometraje, o convertir un hombre de Hollywood en un personaje de película. Las consecuencias no son menores, pues según la elección nos encontramos con un problema de fondo o de forma.

La vida de Robert Evans (Nueva York, 1930) contiene suficientes elementos para ser contada con una cámara y un guión. Tiene un argumento taquillero, picos de intensidad para mantener la atención del espectador y una moraleja con la que volver a casa. Desde un punto de vista estrictamente profesional, la trayectoria de Evans merece una portada. Con Love Story logró situar a la Paramount del noveno al primer puesto en detrimento de la FOX. En 1972 estrenó El padrino, dirigida por Francis Ford Coppola, tras adquirir los derechos de la novela de Mario Puzo. En algún momento del documental escuchamos: “Cuando el libro es tuyo eres el rey, cuando no lo tienes eres un peón”. Es por eso que Hollywood es sinónimo de posesión. Para triunfar uno debe poseer, y a ser posible algo más que los demás: casas, coches, libros, películas, derechos de autor, mujeres…Todo vale con tal de que uno se sienta “el cabrón con más suerte”. En Hollywood -se nos dice- hasta los hombres tienen un precio. Es una actividad que en un punto se vuelve vacía y descontrolada, como ejemplifica muy bien este documental. En el fondo, es sencillo: uno llega a la cumbre y luego cae. Por eso este documental puede verse como una película, y por eso Robert Evans es el prototipo de personaje perfecto con la imperfección, claro, de que no lo es.

Evans tiene el magnetismo de Hollywood y una fugaz carrera de actor que le convirtió en productor de éxito y multimillonario antes de cumplir los 25. Si añadimos cinco divorcios, una de las mejores películas de la historia del cine, extravagantes apariciones públicas y escarceos con la droga el cóctel es, ¡sí!, cinematográfico. El sueño empieza y acaba en una lujosa casa con jardín. Tras hora y media de documental una declaración final: “Sigo estando en la película”, y la irónica sensación de que la vida real, a diferencia de lo que ocurre con los buenos libros y las grandes películas, es siempre más imperfecta.

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