El boom de la gomina

el boom de la gomina

La burbuja de la gomina está a punto de reventar. En la última década hemos acabado con el stock de fijador, al igual que arramblamos con todos los metros cuadrados disponibles para construir. Hemos vivido, por supuesto, por encima de nuestras reservas. Pero el tiempo en el que engominarse hasta el cogote era una señal inequívoca de éxito está a un pelo de acabarse. En cuanto caiga Bárcenas, se desploman los precios del fijador.

Esto de la gomina viene de lejos, como esta crisis perpetua que solo el despistado de Zapatero creyó que empezaba en 2008, cuando todo el mundo mundial llevábamos ya varios años galopando sobre ella. Digo que viene de lejos porque los problemas de este país no han sido únicamente la burbuja inmobiliaria, el endeudamiento privado y las Cajas de Ahorro, si no antes y sobre todo el exceso de gomina.

Lo empezó en serio Mario Conde y llegó un momento en que incluso la realeza, alias el Duque em…Palma…do, no podía salir de casa sin su dosis de fijador. Y esto, que a muchos les parecerá una boutade, entronca con una de las aficiones más arraigadas en España y que más daño nos está haciendo: aparentar. Es más, yo diría que esta tendencia desmesurada a sacar la business card, o la supremacía de la forma sobre el contenido que diría un esnob, es lo que explica gran parte de nuestra mediocridad general en la política, en la economía y en la presente discusión social.

Lo cual no debe llevarnos a pensar que lo que vemos (o hemos visto durante años) es todo lo que hay. Para nuestra esperanza, el problema no es ese. En este país hay talento, voluntad, preparación y habilidad suficientes para revertir la situación: la prueba está en que ahora exportamos ese talento porque no han dejado alternativa. El problema, en verdad, es que quienes durante años han ocupado la primera fila de la política, los principales puestos de las empresas y el centro del cotarro español han sido -con excepciones relevantes- aquellos que se han beneficiado de un sistema en el que, por decirlo con brocha gorda, importaba más cómo vestías y la raya al lado que lo que hicieras con el cargo. Y ya oigo las vocecillas diciendo “eso es una estupidez, una generalización injusta o la conclusión de los resentidos”, pero no importa ahora, pues cómo se llega a una conclusión no siempre invalida la conclusión a la que se llega.

Todos aquellos que sabían lo que decían, lo han dicho. La causa de muchos de los graves problemas con nuestros políticos no reside en que estén mal pagados y, por ende, hayan convertido la política en un imán para buscavidas, sino principalmente en la ausencia de una verdadera ejemplaridad pública (Javier Gomá), de forma que solo nos ha quedado una vulgaridad mal entendida. Nuestras instituciones no adolecen de un supuesto marchamo cultural que nos condenaría sin escapatoria a ser corruptos e improductivos, sino que la respuesta parece encontrarse en el diseño de esas mismas instituciones (Víctor Lapuente) y en el triunfo de la mediocridad y lo inaceptable (Luis Garicano).

Y lo cierto es que con todos los peros que se quieran, nuestro capitalismo se parece más a un capitalismo de amigos (a eso que los ingleses llaman Crony capitalism) que a un verdadero sistema de libre mercado y competencia. Es la oligarquía, estúpido, que diría el estratega de Clinton. Hasta tal punto es así que sabemos que muchas de nuestras grandes empresas nacieron al calor de una vieja amistad de colegio, al abrigo de veladas y esquiadas o con un pesado sobre bajo el brazo. Ello, inevitablemente, les ha llevado a reproducir estos patrones de conducta en el exterior (por ejemplo, en Latinoamérica), donde el tan necesario y aclamado éxito de algunas empresas no se debe tanto a su capacidad para competir y generar valor añadido con su actividad, ni a las inversiones en innovación, sino a un talento único para trabajar en “mercados altamente regulados” (me encanta este eufemismo), entre monopolios y oligopolios, en donde los favores, un listín telefónico actualizado y una buena cena pueden darte más que un modelo de negocio inmaculado, y ya paro. Continuar podría llevarnos, en efecto, hasta la gomina como símbolo de todo.

Como se ha repetido tantas veces, esta crisis ha servido para mostrar nuestras carencias, debilidades e impurezas con una dureza desconocida. A partir de ahora llevar gomina ya no debería bastar, y esto me alegra porque uno va perdiendo pelo a un ritmo más rápido del que desearía. Hasta ahora era suficiente con pasarse de vez en cuando por alguno de los actos públicos que se organizan en la capital para darse cuenta de que, si el azar o la excepción no nos traicionan al escogerla, cada conferencia se parecía en algo más a la anterior: discursos similares, idénticas escenografías con paseíllo y besamanos incluidos, anecdotario de mili, y todos tan buenos y tan amigos, pero ¿¿y del Tema qué??. Este hábito ha degenerado en una especie de dictadura de lo políticamente correcto y en la trampa de repetir siempre las mismas cosas por el miedo al qué dirán, pues podría haber alguien en la sala al que, bueno, no le haga gracia que parezcamos independientes. Necesitamos volver a la espuma o al peinado desenfadado, queremos savia nueva, dirigentes y emprendedores comprometidos, discursos y mentes independientes que se atrevan a pensar por sí mismas y desafíen la lógica perversa que nos ha llevado hasta aquí.

Y yo, en realidad, de lo que quería hablar era de esto: de revalorizar el pelo enredado de sabio loco, y primar la educación, el mérito, el esfuerzo y la recompensa justa sobre la agenda de contactos, la valía innata o aprendida sobre el amiguismo sobrevenido, y en ese plan que diría Umbral. Y ¿cuánto cuesta esto?, parece la pregunta lógica en estos tiempos de obsesión presupuestaria. Pues un modelo a mano, y a golpe de clic en Google, es la Ivy League norteamericana, el carísimo club que conforman las mejores universidades estadounidenses.

Más allá del idealismo que ha mitificado este modelo y del hecho incontestable de que Estados Unidos alberga las mejores universidades del mundo, el ejemplo es interesante y relevante por dos razones. Primero, por la sensación contrastada de que, por encima de consideraciones que aquí tendrían un gran peso, el factor crucial para tomar decisiones sobre la persona que debe liderar un departamento, el investigador que dirigirá un equipo o el nuevo profesor es la sencilla pregunta de quién es el mejor en esto. Por supuesto, en muchas ocasiones el mejor no está disponible, no es como esperábamos o sencillamente no quiere trabajar en tu universidad, pero la pregunta sigue iluminando el proceso que llevará del candidato al elegido. Un proceso que a este lado del Atlántico y del Mediterráneo suele derivar en una enmarañada batería de dudas y enredos: ¿Quién ha recomendado a este?, ¿de quién es amigo o amiga?, ¿qué puedo sacar si lo contrato? o -puedo firmarlo donde haga falta- “no me preocupa lo que pueda pasarme porque el Decano y yo militamos juntos en el PCE”. En ocasiones como esta, ni llevar gomina te salva de la estupefacción.

La segunda razón de interés es que esta anhelada meritocracia lleva a muchos a descuidar su imagen, o a ser como son en realidad y no como otros esperan que sean. En síntesis, no importa tanto cómo vengas vestido, me importa que seas bueno y, si es posible, que seas el mejor en lo tuyo. Por supuesto, antes de que alguien sugiera que este artículo es consecuencia de un complejo, un trauma infantil mal curado o una mala experiencia personal, digo que no, que yo creo que peinarse con gomina y ser el mejor no son decisiones incompatibles, pero de un tiempo a esta parte lo esencial aquí ha sido lo primero.

Sapolsky_Barcenas

Todo esto lo llevaba pensando un tiempo cuando me encontré con un artículo y un par de vídeos de Robert Sapolsky (el de la derecha), neurocientífico de la Universidad de Stanford y ex-alumno de Harvard. Al principio, me entretuve buscando algún espagueti olvidado entre sus barbas, pero pronto caí rendido ante una explicación que ganaba en interés por segundos sobre su idea de que no existe el libre albedrío. Sapolsky, la antítesis gráfica de Bárcenas, es una anécdota, pero las mejores universidades y empresas están repletas de tipos como él.

Ya puestos con las anécdotas, que Noam Chomsky, el adalid de la izquierda radical y el estadounidense más crítico con Estados Unidos, empezara (y décadas después no se haya movido de ahí) en un MIT financiado en su día casi íntegramente por el Pentágono no deja de ser un guiño esperanzador, o algo que solo puede suceder en un lugar donde lo importante es lo que tus ideas valen, no lo que a alguien le gustaría que valieran. Me quedo con lo que solía recordar el gran Christopher Hitchens: lo que importa no es lo que piensa un individuo, sino cómo piensa.

Dicho esto, no ignoro el debate paralelo de que el acceso a estas universidades sigue restringido a una minoría y que, por razones obvias, se trata de un sistema con un claro sesgo en favor de las rentas más altas. No ignoro tampoco que de estas universidades han salido también políticos corruptos, banqueros con ambición desmesurada, personajes tan siniestros como Glenn Hubbard, Decano de la Columbia Business School, y algún gánster si apuramos. Pero ello no impide reconocer que, entre sus profesores, investigadores y alumnos, encontramos personas que aquí habrían sido descartadas demasiado pronto.

Hasta hoy la promoción de estos profesionales sin gomina parece haber sido la excepción en nuestro país, pero ¿queremos que la excepción se convierta en norma? Esa normalidad requiere tiempo, bastante dinero y tal vez pasar por un aro en el que no cabemos todos. Por lo que soy consciente de que la pregunta nos enfrenta como sociedad a un dilema irresoluble a corto plazo y, lo que es más incómodo, a un sinfín de dudas, replanteamiento de prioridades y grandes renuncias. Así que, mientras tanto, voy a ver si ya tengo listo el traje a medida de Armani y la gomina que le encargué a Paquito, mi peluquero, antes de que reviente este boom del fijador.

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