La lengua como religión

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Ahora que Religión volverá a contar para calcular la nota media, aparentemos que nos escandalizamos, pues no nos lo acabamos de creer. En verdad, una confesión lleva contando desde hace muchos años. En Cataluña la religión de la lengua es materia obligatoria y, en ciertos ámbitos, el único mandamiento para casi todo. Así, aunque no nos guste, el pillo del ministro Wert y su ley no quieren otra cosa que examinarnos para saber si de verdad sabemos quién es la Santísima Trinidad porque de un tiempo a esta parte andamos confundidos. A la Trinidad le cambió la cara el tripartito.

Primero fue el iluminado Carod-Rovira, el que se llamaba Josep Lluís aquí y en la China, quien entre sus mayores logros se encuentra el de interceder ante ETA, hacer el ridículo con una corona de espinas y colocar a su hermano Apel·les (no el cura de la tele) en París. Recogió el mandato el profeta Mas es Menos en la Junquera, cuyo ojo clínico deberá guiar a Cataluña a través del desierto jurídico durante 40 días y alguna noche (que la luz cuesta pelas y no la paga Madrit) hacia la tierra prometida de la independencia.

La lengua es cosa nuestra han dicho, en plan Corleone. Qué quieren que les diga, a mí que se evalúe con nota la Ascensión o los Valores Culturales, Sociales y Éticos no me parece apropiado, pero tampoco me lo parece que multen a quien no rotule como estimen los Molt Honorables, ni que uno ya no sepa si lo que importa para ser cirujano es saber operar, escribir tan bien como Joan Fuster (o tan mal como Salvador Sostres, según se vote a ERC o a CIU), o cantarle a Ítaca como Lluís Llach.

Desde hace años la lengua se vive como una religión en Cataluña, con examen y penitencia diaria. Con la excepción de los agnósticos de la lengua, a nadie le ha parecido un asunto muy escandaloso. Yo sé que esto es reducir las cosas al absurdo, pero es que el nacionalismo lleva muchos años jugando al absurdo.

Norman Mailer dejó escrito que ningún lector perdona jamás a un escritor que lo utilice para su terapia personal, pues un escritor nunca debería abusar de esa confianza para resarcirse de sus fobias íntimas. Yo no soy escritor, pero ustedes perdonen.

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