¿Por qué merecemos una oportunidad?

El drama del paro corre el riesgo de convertirse por momentos en un titular más de la portada del día, cuando en verdad no hay asunto más excepcional que el de una sociedad incapaz de ofrecer a sus ciudadanos suficientes oportunidades para prosperar. Hoy más de 6 millones de personas están desempleadas y un 27% de la población española quiere trabajar y no puede. Entre todas las crisis que nos han sobrevenido en los últimos años, el desempleo juvenil es la más apremiante y comprometedora para nuestro futuro.

Pero en caso de que esta cifra aberrante de desempleados no fuera motivo suficiente, es necesario encarar de nuevo la pregunta por una razón: frente el pesimismo desaforado que invade a los españoles cuando las cosas vienen mal dadas, han de imponerse los argumentos.

Mi generación creció con la convicción de que si uno se lo proponía y trabajaba para ello, casi cualquier cosa sería posible. Crecimos convencidos de que uno podía planear su presente para dar forma a algo parecido a un proyecto de vida en el futuro. Pues además de proyectar casas a destajo, la vida también podía proyectarse entonces con una cierta seguridad. No hay que olvidar que nuestra adolescencia coincidió con el tiempo en que muchos podían permitirse el lujo extravagante de dejar de estudiar con 16 años, o incluso antes, y la vida y el crédito continuaban como si nada. Un tiempo en el que la economía española creaba puestos de trabajo a la misma velocidad de vértigo con que los destruyó apenas unos años después.

En ese chute de adrenalina en el que pasamos del éxtasis a la depresión, la Historia se aceleró. ¿Se acuerdan de aquellos reportajes hablando de los mileuristas? Aquello era el drama de nuestro boom de la gomina y aquello es hoy el objetivo imposible de una generación. La misma generación a la que piden que se conforme con menos, con mucho menos, pero que se niega a hacerlo porque sería admitir lo inadmisible. Admitir que, en efecto, tienen razón y no merecemos esa oportunidad. Pero, sobre todo, admitir que debemos aplazar sine díe nuestros proyectos, la emancipación, tal vez los hijos, la casa por supuesto, y algo de nuestra autoestima.

Pero no se confundan. Esto no significa que sea una generación que rehúya el sacrificio, que se regodee en la complacencia de los años fáciles o que ignore los esfuerzos de sus padres y sus abuelos. Yo digo que no y quien piense que la vida puede continuar sin grandes renuncias, que se baje ahora del tren.

Este gritito que me está saliendo no ignora que las promesas también están para romperse. Por eso no queremos ninguna más. Tampoco me parece –como en las Coplas de Manrique– que cualquier tiempo pasado fue mejor. Mas quien replica como consuelo que podríamos estar mucho peor debería entender que no es de eso de lo que hablamos.

Lo que piden algunos es que nos olvidemos de tener las mismas aspiraciones que nuestros padres y esto, aunque difícil, es incluso lógico; pero también pretenden que posterguemos todo para lo que hemos trabajado hasta convertirlo en un capricho ñoño de adolescente iluso. En definitiva, que nos olvidemos del tema, y esto ya es mucho más difícil de aceptar.

Entre tanto, como observarán, el carácter se nos ha corroído. Richard Sennett, uno de los grandes sociólogos vivos, escribió hace unos años un ensayo sobre las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. La transformación de cómo concebimos el trabajo y sus implicaciones personales ha ido en paralelo a un cambio económico global, pero en nuestro caso se ha producido de una forma corrompidamente acelerada. Nuestro subidón de precariedad se edificó sobre un tipo de trabajo sin futuro que transformó no solo nuestros miedos personales –¡esa maldita incertidumbre!–, sino también el paisaje sobre el que esos miedos se proyectan.

Un paisaje moral, pero que ante todo debe entenderse en sentido literal. Esta cita de Sennett:

Un lugar crece de repente al toque de la varita mágica de un promotor inmobiliario, florece y empieza a declinar al cabo de una generación. Esas comunidades no carecen totalmente de un componente social o de barrio, pero en ellas nadie se convierte en testigo de por vida de la historia de otra persona.”

(La corrosión del carácter, 1998: 19)

¿Les suena de algo? Creo que aquellos que han tenido que mudar de país, de trabajo y de amistades con una frecuencia inesperada (y probablemente los propietarios de una casa en Seseña, la ciudad fantasma del Pocero), entenderán de lo que hablo.

Como decía, los nuevos miedos que ha traído la crisis se proyectan en un paisaje que nos ha privado de la seguridad de antaño y de parte de la cálida familiaridad con la que solíamos encarar los problemas y la incertidumbre. En ello no hay nada muy diferente a lo que ha tenido que afrontar cada generación anterior, pero a nosotros nos piden sin consultarnos que aplacemos nuestros proyectos hasta olvidarlos, y ¿cómo hacerlo sin una señal de que La Oportunidad llegará?

Y al andar –dijo el reverendo Luther King– debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás*. Su lucha poco tiene que ver con la nuestra, pero sus palabras son la hoja de ruta. No podemos volver atrás porque al hacerlo cometeríamos los mismos errores y debemos marchar hacia adelante porque de no hacerlo creerán que, con tanta queja, no merecemos la maldita oportunidad.

No sé si esa oportunidad es el legado que una generación le deja a otra o el testigo que nos ceden para que nosotros lo entreguemos, mejorado, a los que vienen por detrás. Pero si seguimos en este plan estoy seguro de que la herencia de nuestro testamento común será la menos disputada que recordemos: sencillamente, porque nadie la querrá.

La justificación más obvia por la que no podemos darles la razón es que nos hemos ganado la oportunidad de intentarlo. Por supuesto, estamos reclamando nuestro derecho a fracasar y ¡a admitir más tarde que fracasamos! El problema es que en España está muy mal visto el fracaso y, quizá por ello, cada vez es más incómodo asumir el fracaso colectivo que supone tener un 56% de jóvenes sin trabajo, según Eurostat y un 22% según Elcano. Pero, ¿¡qué más da ya?!

Esta cifra ha provocado que algunos crean que prendiendo la cerilla de la calle se soluciona todo. Se equivocan. No hay violencia en nuestras demandas, aunque ellos piensen que el paro es violencia estructural. No existe tal cosa posmoderna, lo que hay es –por decirlo con el lenguaje actual de la política– un problema muy grave que exige una solución urgente. Y si hay algo que nadie puede negarnos es que hemos sido pacientes. Sí, la paciencia ha sido hasta ahora nuestra mayor virtud.

Fuimos pacientes cuando nos dijeron estudia una carrera, o dos, porque te abrirá las puertas de un mundo mejor. A día de hoy, esas puertas continúan cerradas para la mayoría. El mundo es global, por lo que global debía ser nuestro dominio de las lenguas. Aprendimos una, dos, y algunos tres, para competir en ese mundo globalizado. Y todavía hoy el único trabajo en España para el que no se exige un nivel mínimo de inglés es el de Presidente del Gobierno, ¡ah!, y el de líder de la oposición. Las nuevas tecnologías de la información han llegado para quedarse –repetían– y les recibimos con una bienvenida tan calurosa que hoy estamos a un bit de convertirnos en informáticos y de ser más sociables con el ordenador que las redes sociales mismas. Olvídate de los conocimientos y céntrate en las competencias –se dice ahora– como si cada individuo fuera un Estado federal en ciernes. Los conocimientos los olvidamos y hoy la competencia más valorada es la paciencia en la cola de espera del INEM. Patientes vincunt dice el proverbio latino. Los pacientes vencen.

Pero nada de esto nos amilana porque lo más seguro es que, si la oportunidad llega, nos coja, como la inspiración, trabajando. O, para ser exactos, buscando trabajo. Es probable que algún nietzscheano vea la necesidad de recordarnos en este punto aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Pero soy de la opinión de que si eso que podía matarte no te mata, te deja baldado en cualquier caso. Recuerden, 57% de paro juvenil.

Así, a la paciencia en la búsqueda se ha unido la templanza en la resistencia como virtud cardinal de esta generación. Pues a pesar de su aparente atracción, resistimos la tentación del nuevoriquismo de polígono que estuvo cerca de dejarnos en la indigencia intelectual. Lo que no ha impedido que la resaca de la hipoteca, la letra del coche y la póliza del seguro haya empujado a muchos al precipicio de la indigencia real.

Sin embargo, lo bueno de la situación actual no es que hayamos tocado fondo, lo que en ciertas circunstancias podría ser un consuelo, sino que empezamos a ser conscientes de que una gran parte de todo depende de nosotros mismos. Por lo que podemos decir con cierto orgullo que, por nuestra parte, hemos cumplido.

Esperen, rectifico: por nuestra parte hemos hecho lo suficiente para merecer la primera oportunidad. Pues lo que la mayoría pide no es el derecho a ser rico, aunque bien podría hacerlo, sino la libertad de empezar dignamente. Lo diré claro: nos interesa el dinero, pero solo el suficiente para comenzar a andar. Y no solo nos interesa el dinero, pues hemos aprendido la lección y sabemos, al igual que Andrew Carnegie**, que no hay clase más miserable que aquella que posee dinero y nada más. Por ello, al inicio truncado de nuestra carrera profesional, el dinero no basta, pero es imprescindible.

La cultura del low cost y del todo gratis molaba hasta que dejó de tener su gracia cuando se incluyó en todos nuestros contratos, o ese documento que se le parecía. Esta práctica ha acabado por cabrearnos bastante y este cabreo que no termina de explotar lo ha retratado bien Tarantino en su última película, Django Unchained. Esa escena en la que el criado negro pasa la navaja muy lentamente por el cogote del esclavista blanco, afeitándole una y otra vez, mientras esperamos que en un arrebato de lucidez le seccione la yugular. No me malinterpreten. Habría que ser muy posmoderno-marxista-estructuralista-foucaultiano para plantear el debate como una lucha de clases entre opresores y oprimidos y comparar nuestra situación con aquella. Nada más lejos de mi intención. Pero esa tensión de la navaja deslizándose por la garganta se palpa cada vez que nos piden trabajar gratis una vez más, no sé si me explico.

Por otra parte, aunque The Economist lo ha elevado a escala global, este problema es también un asunto europeo. Me atrevería a decir que mi generación es la primera europea en un sentido real y práctico. Muchos de nosotros hemos vivido, estudiado, trabajado o amado al menos una vez en otro país europeo, aunque no necesariamente en este orden ni todos al mismo tiempo. Así, en menos de una década, hemos sido los primeros en disfrutar con plenitud de las ventajas de una Europa sin fronteras y los primeros en padecer las tribulaciones de compartir una moneda común mal diseñada.

Todo esto lo hemos hecho los españoles con una relativa moderación, o con toda la calma que podía esperarse de un país que vivió una modernización apresurada y tardó una Civilización en ganar su primer Mundial. Lo cual nos ha llevado a hacer muchas cosas a grito pelado, porque aquí somos mucho de gritar las cosas, para el escándalo del gentleman inglés y del Bürokrat alemán, pero sin los extremismos locos que empiezan a surgir en el resto de Europa con la indiferencia del mismo inglés y el mismo alemán escandalizados. Los gritos nos han salvado quizá de recurrir en silencio a los extremismos y, también por esto, estimado comisario Rehn, querida Frau Merkel, merecemos una oportunidad.

Y pensando en el futuro podríamos decir, con Roosevelt, que no hay nada que temer salvo el temor mismo***. Pero no estamos para mucha retórica, qué quieren que les diga. Queremos un trabajo, un sueldo digno y algo de tiempo libre para celebrar otro Mundial y bailar un poco de Rock&Roll, aunque a mí lo que me va es el blues y el reggae, o sea.

Porque aunque parezca increíble, la crisis no ha acabado con nuestro optimismo ni con las ganas de divertirnos. Es la forma que tenemos de cargar mejor con la losa de no llegar a fin de mes. Y esto de los bares llenos que sorprendió tanto a la esposa del embajador norteamericano, no debería sorprenderle a ningún español. Aunque, ahora que lo pienso, lo que debería sorprendernos es que el embajador de Estados Unidos en España no hable ni una palabra de español, pero este ya es otro asunto.

Nos merecemos una oportunidad por una última razón, la más importante. La merecemos porque nos equivocamos. Nos equivocamos al creer que el camino para la emancipación sería fácil. Erramos al pensar que la política era un asunto que no debía preocuparnos porque de ello ya se ocupaban otros; los mismos que hoy se sientan en el banquillo o intentan buscar una salida a esta crisis como un kamizake en la autopista. Nos equivocamos al pensar que la democracia era votar cada cuatro años (y cuando votábamos), para luego olvidarnos y volver a nuestros asuntos privados. El retiro del filisteo, lo llamó Hannah Arendt. Nos equivocamos, ¡sí!, y por eso merecemos que nos escuchen ahora.

Hoy, cuando uno de cada dos jóvenes quiere trabajar y no puede, ha llegado el momento de decir basta y recordar a todos los sordos que no ven que merecemos, al menos, la misma oportunidad. ‘Them belly full, but we hungry’.

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* “I Have A Dream”, Dr. Martin Luther King, Jr., Discurso ante los asistentes a la Marcha por los derechos civiles, Washington D.C., 28 de agosto de 1963.

** La cita original en inglés es “there is no class so pitiably wretched as that which possesses money and nothing else”.

*** “Nothing To Fear But Fear Itself”, Franklin D. Roosevelt, Primer Discurso Inaugural, 4 de marzo de 1933.

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