Un juego de pollos y una conversación interminable

“We are both heading for the cliff, who jumps first, is the Chicken”    Un rebelde sin causa

En Rebelde sin causa Jim Stark (James Dean) tira el pitillo al suelo, lo pisa y mira chulesco a John “Plato” (Salvatore “Sal” Mineo), su contrincante, antes de subirse al coche. Los dos dan marcha atrás para encarar el acantilado. El primero que salte del coche es un gallina, dice Plato, mientras se peina por última vez. La chica baja los brazos y los dos coches arrancan hacia el precipicio a toda velocidad.

La historia acaba mal. Plato intenta abrir la puerta para saltar, pero no puede porque su chaqueta se ha enganchado. Jim salta justo antes de llegar al borde del barranco, mientras el coche de su rival cae en picado al mar. En la película James Dean se salva siendo un gallina, pero murió un mes antes de su estreno en un accidente de coche.

La teoría de juegos tiene un nombre para este tipo de juegos: chicken game (literalmente, juego del gallina). En otra variante del juego, dos coches se encaran uno contra otro. Pierde el primer conductor que da un volantazo para evitar la colisión con el otro coche. Los dos pierden si ninguno cambia de dirección a tiempo. Te imaginarás por qué. Lo que está sucediendo en Cataluña es algo parecido a un juego de pollos, pero se trata de algo más que un arrebato de testosterona.

El drama catalán tiene todos los ingredientes para acabar en tragedia. Una historia de mitos, (des)amor y cifras que parece la historia de un matrimonio cualquiera. Ya hay pregunta y fecha para el divorcio. Por fin, la cosa se pone seria.

Por ello, si hay una pregunta que debemos hacernos antes de firmar los papeles es esta: ¿y si tuvieran razón? Si tuvieran razón, habría que dársela. Casi siempre, entre personas razonables, la conversación empieza de la misma forma. La gente está molesta. Son muchos años de agravios y desprecios. Las faltas de respeto hacia la cultura catalana han excedido lo que un pueblo puede tolerar. No nos entienden. No nos reconocen. Y, lo peor de todo, es que desde Madrid/España solo llegan descalificaciones y amenazas y muy pocas razones. Estamos frustrados por el ninguneo y el maltrato.

Este malestar tiene que ver, de una forma no del todo evidente, con el argumento de la opresión, y no siempre sale pronto en la conversación. En su formulación más prístina, el discurso independentista bombea toda su savia a partir de esta premisa. Hay una parte de la población en Cataluña que no se siente, ni quiere sentirse española. Algunos parecen tener razones para ello, otros no las necesitan. No se sienten, y punto.

Así que este es un hecho con el que debe lidiar cualquiera que afronte la pregunta, con independencia del número de personas que se sientan así. Un número alto solo nos obligaría a pensar mejor sobre las razones y las consecuencias de este sentimiento. ¿Es posible, entonces, con-vencer a quien no se siente así y punto de que todavía vale la pena seguir unidos y juntos? No, si ninguna de las razones que nos han unido hasta ahora bastaron. Por suerte, el número de quienes piensan así todavía no es tan alto como para tener que pensarlo mejor.

Por desgracia, tenemos que pensarlo mejor. Los números siempre acaban saliendo en la conversación. Una mayoría social, eh, eh. El razonamiento es el siguiente: si una mayoría suficiente decide democráticamente independizarse de España y crear un Estado propio, ¿cómo ir en contra de esa voluntad? Este es el argumento que más temen en Bruselas, aunque tengan muy a mano lo que dicen los Tratados.

Es un argumento falaz. Por dos motivos. La democracia nunca ha sido un número, ni podrá serlo. Las razones por las que se toman las decisiones importan y la calidad de esas razones importa más. La democracia, como ha dicho Javier Gomá, es el experimento de edificar una civilización igualitaria sobre bases finitas, pero donde la verdad democrática la produzca el genio del hombre. A uno le gustaría que las mejores decisiones de ese genio se inspiren también en las mejores razones, y no solo en las mayorías. Si un 99% de españoles decidiera en un referéndum que Cataluña debe seguir en España, todavía sería importante escuchar las razones del otro 1% y, si la principal razón para mantener a Cataluña en España fuera la voluntad de acabar con Cataluña (sea lo que sea lo que eso signifique), el número no justificaría la razón.

También es un argumento falaz porque la decisión que compete a todos, no puede tomarla una sola parte y, sobre todo, porque no puede tomarse sin antes darle a todos la oportunidad de pronunciarse sobre una decisión que les incumbe. Que luego todos se pronuncien no es lo más relevante. Y ya lo oigo venir porque la conversación ha subido de tono.

La posición de superioridad. La suficiencia que otorgan la ley y el poder acaba provocando un resentimiento mayor en quien impugna esa ley y no cuenta con los mismos mecanismos de poder. La delgada línea entre la autoridad, la chulería y la amenaza. Por eso nunca debe abandonarse la conversación antes de tiempo, a menos que alguien diga, no te metas en nuestros asuntos. This is our business. Fuck off.

Haz la prueba mental. Me da igual quien sea el perro. Pero acorrala a un perro rabioso en una esquina sin salida e incita con un palo a que retroceda cuando atrás solo hay una pared. Tiene dos estrategias posibles: sumisión o rebelión. Pero esto es una tontería porque no estamos hablando de perros rabiosos.

¿Es que nadie lo ve? ¿¿Es que nadie lo ve??, se preguntaba acongojado Iñaki Gabilondo el otro día. Solo tú lo ves, Iñaki, solo tú lo ves. Pero ¿qué hay que ver?, nos preguntábamos quienes no lo veíamos. Que Cataluña se va. Se va porque no lo estamos evitando. Se va de forma imparable y ya ha dado marcha atrás para encarar el acantilado. ¿El acantilado? ¡Quia!, que diría Arcadi. La utopía.

Pedir que hagamos un esfuerzo para entender y reconducir la situación es justo y necesario. Es casi una obligación. Pero acusarnos a todos de poner el coche a máxima velocidad es invertir la carga de la prueba. Es pedirle a quien es acusado de robar, oprimir, o callar que demuestre que no ha hecho nada de eso y, después, que repare los daños que no ha ocasionado. Porque Cataluña se va.

Pero antes de irnos, debes preguntar también por los que no se quieren ir. En Cataluña y en España. Aquellos que no están en esa mayoría social, eh, eh, y que deben elegir, aunque no quieran. No te olvides nunca del 1%. Porque, y esto debe salir siempre en la conversación, ni Cataluña, ni España existen en sentido estricto. Existen 46.609.652 de ciudadanos españoles y 7.451.281 de ciudadanos catalanes, si te piden la cifra. ¿Una boutade? Es probable. Pero hay que recordarlo: los territorios no hablan lenguas, ni tampoco ejercen derechos. Cada uno de esos ciudadanos, sí. Cataluña se va, pero no todos los catalanes quieren irse.

En el fondo, de lo que hablaba Iñaki, de lo que quería hablar Iñaki el equidistante, era de La Política. Hablemos de política entonces. De derechos. No es bueno responder a una pregunta con una triple pregunta, pero es un riesgo que debemos asumir: Derecho a decidir qué, quién y para qué. Hay que entender sus razones, nuestras razones, si decidimos ser independentistas por un día.

El derecho de autodeterminación. Te alegrará saber que Etiopía lo reconoce en su Constitución. Cataluña tiene derecho a decidir sobre su futuro y, si una mayoría social eh, eh, lo quiere, el pueblo catalán tiene derecho a ser libre. No sé si existe algún jurista serio que aprecie en Cataluña la subyugación, dominación o explotación que justificarían el derecho de autodeterminación reconocido por Naciones Unidas, pero tampoco importa. Si se apreciara, habría que preguntarse acto seguido qué ocupación y qué explotación es esa. Por si acaso se nos hubiera escapado.

Hay algo extraño en hacerse esta pregunta en una democracia tan imperfecta como la española, pero, ey, una democracia al fin y al cabo, con un bellísimo catálogo de derechos y libertades, una Constitución y su condición de miembro de la mayor unión de estados democráticos del mundo. ¿Subyugación? Artículos 2 y 3 de la Constitución española: “[La Constitución] reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas” y afirma que “la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”.

Lo sé, lo sé. Esto no basta, pero no creo que sea necesario citar los 223 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña en una conversación. Y lo sé. Es una Constitución odiosa que muchos desprecian, no sienten suya o no acatan. En el mundo libre, esto solo debe pasar en España. Pero asúmelo, inmovilista trasnochado. Si la ley puede ignorarse cuando hay voluntad política para hacerlo, todo es posible.

Llega el derecho a decidir, íntimamente ligado al anterior. Imaginemos, por un momento, que ese derecho existe. Derecho en el sentido jurídico del término. Porque yo en la república independiente de mi casa tengo muchos derechos. Al agua pato: Yo no lo era, pero ahora soy partidario de la consulta. De que nos consulten a todos, antes o después. De una vez. Ya lo sé. Mi problema con la consulta no era con la consulta, sino con los consultores. No consigo quitármelo de la cabeza: me da yu-yu el último de la derecha en la foto. Me da un no-sé-qué cuando pienso que es él y son ellos quienes deben y quieren liderar este proceso.

Mas anuncia la pregunta

Cuando Artur Mas comparó la Diada con la lucha de Martin Luther King, el silencio nos hizo a todos cómplices de una mamarrachada. Desde aquel día, no he podido callarme. Tanto que me salió un gritito al día siguiente del anuncio de la consulta, cuando La Vanguardia estampó en la portada que la fecha coincidirá con los 25 años de la caída del Muro. Pero ignora este detalle porque llega un momento interesante de la conversación.

El federalismo, esa palabra que descubrieron hace poco algunos socialistas. Llegados hasta aquí todo empieza a ser algo confuso. La tercera vía, los del medio, tantos matices. Acuérdate que el perro -llámalo España, si quieres- solo tenía dos opciones: sumisión o rebelión. Ahora por fin puede escapar.

Si el federalismo fuera suficiente para colmar las ansias de independencia, es probable que ya fuéramos el Estado más federal del mundo. Pero nada parece ser suficiente, y este es un problema serio. Recuerda que España tiene mayor descentralización política que no sé cuantos Estados federales. Aunque hoy me propuse no dar ningún dato [cuando tengas tiempo échale un vistazo a esta página. Puede serte útil en cualquier conversación].

El federalismo tiene algunos problemas, pero se nos acaban las opciones, el tiempo y la paciencia. El mayor problema reside, como casi siempre, en el adjetivo. Asimétrico. No hay muchos ejemplos para traer a la conversación y eso lo dice casi todo. Cataluña es singular y esa singularidad merece un reconocimiento especial. Por favor, no menciones otra vez la Constitución y lo de las nacionalidades históricas. Podría ser una cuestión de más competencias; más dinero, quizá. Pero, ya lo sabes, la solidaridad tiene un límite. España nos roba. El dinero de los catalanes se malgasta en Extremadura, en Andalucía y –yo lo sé- en la Comunidad Valenciana.

Ahora vuelve a mirar la foto. Al más grande, el otro me da yu-yu. Esquerra Republicana de Cataluña. Hoy sería el partido más votado si se celebraran elecciones. Se presentó a las últimas elecciones (puedes leerlo aquí) defendiendo –y cito- un Estado del bienestar integral que ejemplifique todos aquellos valores que como progresistas y republicanos defendemos para nuestro modelo de estado (p.118). Ahora te preguntarás si hay algo más progresista que un sistema progresivo de impuestos; si hay algo más progresista que la redistribución del progreso (entre personas, pero también entre regiones) y si hay algo más progresista que la solidaridad. Lo hay: la independencia. He aquí el Gobierno que más ha recortado en toda la historia de Cataluña. Empiezas a entenderlo. Precisamente porque no es solo una cuestión de competencias y dinero, más competencia y dinero no resolverán el problema.

Ha llegado el momento de tender puentes, si no queremos acabar confundiendo todo. Te contaré un secreto: la inmensa mayoría de españoles aprecia a Cataluña. La inmensa mayoría de españoles quiere compartir con los catalanes los mismos triunfos y las mismas derrotas. Porque les une a ellos más de lo que les separa. Pregúntate ahora qué tipo de puente convence a quien no se siente, y punto. El AVE conecta Barcelona y Madrid en poco más de tres horas. Tan cerca y tan lejos, si uno lo piensa bien.

Ahora olvídate de la Constitución, que no está claro que permita la consulta; olvídate también de Europa, que no contempla la independencia ni lo hará; olvídate incluso del sentido común -el menos común, ya sabes- que hubiera aconsejado hacer las cosas de manera exactamente contraria a como se están haciendo. ¿Qué nos queda? Nos queda la emoción, el sentimiento, el mito y la imaginación de un nuevo futuro. La utopía. Este podría ser un argumento poderoso, tal vez el único que todos, sin excepción, estaríamos dispuestos a concederle a la mayoría independentista. ¿Puede construirse un país sobre esto? Es más, ¿puede desgarrarse un país solo por esto?

Bienvenidos a la independencia radical, como ha dicho Jordi Soler: ese estadio de la civilización donde un hombre solo defiende lo suyo, con un palo, de otro hombre solo que quiere arrebatarle sus cosas.

El día después de la independencia, ¿qué futuro? La ficción. Una ficción a medias, si quieres.

En este punto, la conversación acaba como acaba el juego del gallina. Mal.

Pues si después de todo tuvieran razón y no hubiera razón para seguir juntos, entonces estaríamos equivocados.

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3 pensamientos en “Un juego de pollos y una conversación interminable

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