Sobre el supuesto progresismo del independentismo

Uno de los rasgos más extraños del independentismo es su presunta apariencia de progresismo. Es extraño que muchos lo asuman de antemano y es extraño porque es falso. El apoyo que ha recibido por parte de un sector significativo de la izquierda ha reforzado esa apariencia progresista, a costa de dejarnos con la deprimente sensación de que parte de la izquierda anda desnortada. Es cierto que la izquierda y el nacionalismo nunca han tenido un encaje cómodo, pero hoy empiezan a parecer una pareja esquizofrénica.

Los síntomas, sin embargo, no se detectan fácilmente a primera vista. Más allá de recurrir al sentimiento y a la ficción -alimento intemporal de las utopías-, el discurso independentista ha querido legitimar sus reclamaciones con una apariencia de racionalidad. Para ello ha recopilado cifras, confiando su victoria a los saldos fiscales entre Autonomías, en un intento de recabar apoyos entre aquellos a quienes la mera alusión a 1714 no despertaba suficiente antipatía hacia España ni la simpatía necesaria para lograr un nuevo Estado independiente.

Sin embargo, lo que pudo haber sido un debate útil y pertinente ha desembocado en una confusa discusión sobre métodos para calcular balanzas fiscales y en una guerra de números y agravios seguida de un órdago final, independencia, tierra mágica. Al problema de fondo se ha sumado un problema de forma: lo que desde el principio debió hacerse con mucho tacto (incluso entre amigos, hablar de dinero es con frecuencia incómodo), ha parecido en muchas ocasiones un elefante entrando en una chatarrería.

Se entiende. No es fácil demostrar un expolio fiscal intolerable, pero todavía es más difícil hacerlo si se goza del nivel de autogobierno como el que hoy tiene Cataluña. Sin duda, el expolio podría producirse igual, pero parece más complicado que fuera el resultado de una voluntad deliberada del Estado por expoliar… Hay, además, una dificultad añadida: explicar de una manera convincente que quienes más tienen, deben recibir más, y hacerlo sin parecer un rancio conservador. Hacerlo bajo las siglas de ERC o con el nombre de Oriol Junqueras debería ser lógicamente imposible. En la tierra del realismo mágico, empero, todo es posible.

Todavía debería ser más incómodo sugerir, cuando no gritar a pulmón henchido, que quienes más se benefician de esa redistribución son en verdad unos vagos, unos ineptos, o unos vagos muy ineptos. Sugerirlo y gritarlo -se entiende- sin automáticamente ser tachado de capitalista poco escrupuloso, o miembro casposo de la casta. Pero Pablo, Pablito, está por el derecho a decidir en este punto y por hacer bromas en una Herriko Taberna [Inciso: Cuando se defiende la independencia como solución a la crisis no se pretende redistribuir mejor, sino directamente dejar de redistribuir entre ‘extraños’].

A mí me resulta muy difícil explicar todo esto sin recurrir a la ironía porque entiendo que quien es partidario de un sistema fiscal progresivo cuando se trata de gravar la riqueza personal también debería serlo cuando se trata de redistribuir la riqueza entre territorios, justo donde las desigualdades individuales se amplifican, distorsionan y lo complican todo. Lo sé: toda redistribución tiene un límite y no hablamos solo de redistribución. Pero es que este ha sido el eslogan principal: España nos roba o, en la versión reciente de Mas-Colell, España nos frena.

Tal como los hemos conocido en España, los argumentos en favor de la independencia son incompatibles con una concepción mínimamente progresista de la redistribución e incumplen la premisa básica de cualquier Estado del bienestar decente: que quien recibe no se debe a ningún benefactor en particular (“they are helped as citizens by their fellow citizens, acting collectively”, ha escrito Michael Walzer recientemente en la revista Foreign Affairs). No ayudamos porque seamos buenos madrileños o mejores catalanes, sino para nivelar un terreno escarpado y desnivelado desde el principio, y no parece necesario reivindicar aquí la famosa tesis de Marx (“de cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades”) porque ni siquiera él la creyó posible.

Tampoco es de caridad de lo que hablamos, aunque es de lo que parecen estar hablando aquellos que manosean tanto las balances fiscales. El abuso del Espanya ens roba, la necesidad constante de ponerle nombre y apellidos a cada transferencia de recursos, de subrayar tanto la frontera entre nosotros y ellos, los acerca al orondo barón londinense del XIX que tenía que hacer evidente su inmensa magnanimidad y su benevolencia condescendiente cada vez que daba alguna limosna al mendigo suplicante de la calle.

La crítica clásica de la izquierda a este tipo de actitud ha sido precisamente rechazar cualquier redistribución que dependiera de la voluntad discrecional de un benévolo benefactor, de una caridad puntual y espontánea de algún orondo barón, para, en cambio, basarla en un acuerdo democrático y en unas reglas previas aceptadas por una mayoría.

¡Pagamos nuestros impuestos y mira cómo reparten nuestro dinero! no es un grito exclusivo del independentismo catalán, pero en cualquier caso no es un grito que justifique dejar de pagarlos. Para evitar malentendidos: nadie discute que existan problemas importantes en el diseño actual de la financiación autonómica ni la necesidad del buen uso de los recursos transferidos, ni siquiera se discute la obligación de que toda redistribución sea equitativa, pero a veces parece que cada transferencia desde Cataluña sea un acto de extrema generosidad que dispusiera a cada extremeño o andaluz en humillante posición de agradecimiento: vean cuánto les damos y qué poco recibimos a cambio.

No voy a negarle a nadie la posibilidad de defender esta posición, pero a mí me gustaría ver a ERC y a la CUP construir el nuevo sistema fiscal del nuevo Estado independiente sobre estos principios. Un sistema, en fin, diseñado para satisfacer las críticas de la burguesía catalana independizada que no tardará en manifestarse al grito de “los pobres nos roban”. Porque de ser fiel a su nombre y a su ideario, el día después de la independencia los ya ex independentistas progresistas podrían enfrentarse a una curiosa paradoja: acabar redistribuyendo como lo hacían los españoles antes del año 0, pero con mucha menos riqueza para repartir.

La clave está –como será evidente a estas alturas– que no existe fellow citizen que valga para el independentismo. Cualquier independentista sabe que la única manera de vestir de realidad su ficción pasa por disimular o rechazar cualquier apariencia de afecto y solidaridad que aún pudiera unirles al resto de España; perdón, al Estado español. Cuando un independentista se pregunta qué es lo que todavía me une a un maño, a un gallego o a un murciano, sabe que la mejor respuesta (la respuesta que se impone, para ser claros) es ‘menos es más’ y que cuanto más alto proclame lo mucho que le aleja y lo poco que le une al resto de españoles, mejor para la causa. No es algo personal, es solo que ya no te aguanto.

Pero en este punto es necesario destacar que ese proceso de debilitamiento de afectos y lazos comunes no ha sido ni mucho menos simétrico. ¿A cuántos gallegos, madrileños, valencianos, extremeños, andaluces, castellanos, canarios –y ya paro– has visto salir a la calle y manifestarse al grito de ¡que se vayan!? Ahora cambia la pregunta: cuántas veces escuchaste, todos unidos estelada en mano, nos queremos ir, nos vamos porque ya nada nos une a vosotros, ignorando que a muchos catalanes que no estaban ahí todavía les une el suficiente afecto para no irse.

Podrá venderse la independencia y este grito desesperado como un ejercicio supremo de democracia, pero es lo menos parecido a un proyecto inclusivo y solidario y lo más distinto a una invitación amistosa al diálogo. Es, en esencia, el proyecto político menos progresista que pudiera imaginarse para la España actual.

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